lunes, 29 de julio de 2013

La ópera - Breve reseña histórica - Primera parte


La primera obra lírica bastante semejante a una ópera fue escrita, allá por 1285, por Adam de la Hale, llamado “El jorobado de Arras” o “El último trovador”. Era Le jeu de Robin et de Marion y consistía en una serie de cantos distribuidos entre varias personas, melodías populares, fácilmente retenibles y que acompañaron una sencilla acción escénica. Tenía que ser un trovador, vale decir un romántico. Sólo un romántico podía echar un puente entre esa realidad construida por personas que hablan (aunque hablen de cosas irreales) y la irrealidad de la música. Y encaminarse hacia una forma artística que inmediatamente se coloca fuera de las leyes de la lógica, brindando en cambio una maravillosa síntesis de varias, quizá de todas las artes, reunidas de manera armónica.
Sin embargo, lo que hizo Adam de la Hale posiblemente no fue invento propio. En el seno del pueblo ha germinado la planta lírica, desde que el hombre canta y desde que desea disfrazarse de vez en cuando para salir de su propio yo y trocar, aunque sea sólo por horas, la realidad en sueño. El mundo antiguo está lleno de antecedentes de un teatro musical y los espectáculos religiosos y laicos de la Edad Media pueden aportar también múltiples datos que muestran la germinación de la idea de la ópera.
Con todo, ni el teatro medieval popular ni Adam de la Hale crearon lo que hoy conocemos por ópera. Y tampoco lo conoció el mundo antiguo aunque sus impresionantes espectáculos las más de las veces iban acompañamiento musical de una acción teatral en una nueva forma de teatro en que la música se coloca en el primer plano, a la par o por encima del texto dramático, para que la ópera naciera. Tuvo que madurar en una época de diferente organización y de distintas inquietudes, El gran movimiento espiritual del Renacimiento tenía que ser el destinado a originar la nueva forma – tan curiosa en realidad – destinada a conquistar el mundo. Tan cosa sucedió, si puede precisarse una fecha dentro de una evolución larga y paulatina, alrededor del año 1580 o 90, y en la ciudad que ostenta indiscutiblemente el título de cuna del arte lírico: Florencia.

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